Historia de Casona San Ignacio
En el camino internacional a Mendoza, a pocos kilómetros de Santiago y de la avenida de circunvalación Américo Vespucio, una vieja construcción de adobe y teja, semi abandonada y en creciente deterioro, tiene el mérito conocido de pocos, de ser notable testimonio de muchas páginas de la historia nacional, además de magnífico ejemplo de nuestra arquitectura colonial.
Las casas de San Ignacio de Quilicura, emplazadas al pie del faldeo cordillerano en la portezuela de Pan de Azúcar, dominan el amplio llano de Quilicura y Colina y desde su lejana construcción en la segunda mitad del siglo XVIII han sido un hito importante del viajero que llega a nuestra ciudad por la vía de Uspallata y Chacabuco. SAN IGNACIO DE LOYOLA Y SU DEVOTO PARIENTE

La historia de las casas de San Ignacio se inicia con la figura del hidalgo don Juan Antonio de Araoz, pasado de veinte años a Indias desde su Oñate natal en 1730. Casado con la noble criolla doña Juana Fontecilla, hizo de su hogar uno de los más pudientes de Santiago, formando parte del Cabildo de la ciudad. La fortuna reunida en el comercio le permitió adquirir valiosas propiedades, entre las que se contó la hacienda de Quilicura, bautizada con devoción y orgullo San Ignacio, ya que sus ancestros oñacinos se emparentaban con la sangre de Loyola.
El afecto al santo familiar y el ingreso a la Compañía del hijo de su nombre hizo que don Juan Antonio donara en 1757 a los Jesuitas una propiedad de gran valor, la chacra de la 0llería, al oriente de la ciudad y próxima a la cañada; construidas a sus expensas una rica capilla y casa de Ejercicios, la donación de Araoz sirvió pocos años a los jesuitas: luego de la expulsión de la Orden, en 1767, la chacra de la Ollería pasó a la corona. Durante la República, los edificios construidos por Araoz alojaron la primera Escuela Militar y posteriormente la Maestranza, demoliéndose en 1880.
Aunque inició don Juan Antonio un pleito para recuperar la donación que hiciera a los Jesuitas, nada logró; tampoco vio más a su hijo desterrado en Italia junto a numerosos hermanos chilenos; murió el hidalgo de Oñate en 1771 y el jesuita expulsado en Imola, el año 1804. DAMIANA DE LA CARRERA
CASTELLANA DE SAN IGNACIO


El único heredero que dejó don Juan Antonio fue su hijo Francisco de Borja Araoz Fontecilla.
Enviado muy joven a España a seguir la carrera de armas, participó en las campañas de Portugal y regresó a Chile en 1764 con el prestigio de su formación europea y el título de capitán de Artillería del puerto de Valparaíso. Alcanzó el grado de teniente coronel y llevó una vida retirada y apacible; tuvo el mérito de construir las actuales casas de San Ignacio, quizá si aprovechando otras construcciones anteriores realizadas por su padre. Murió 41al iniciarse el siglo XIX. Si la tranquila existencia de don Francisco de Borja no enriquece 1a historia de San Ignacio, su esposa, doña Damiana de la Carrera Cuevas, escribe una de sus páginas más brillantes.
Cuenta Vicuña Mackenna en su Historia de Santiago el singular romance de Damiana de la Carrera con Araoz, entonces capitán de la guarnición de Valparaíso. Acompañando la joven a su madre doña Javiera de las Cuevas a los "baños" de Valparaíso conoció al capitán Aráoz, quien enamorado, la pidió en matrimonio. Al parecer, desatendió la joven su declaración, ya que el capitán le escribió una carta en que le dice: " desde que llegamos no he cesado de decirle, aunque el sí no lo ha dado Ud. desnudo, siempre queda en bosquejo. Dice que no la apure, que en manos de Dios está puesta, con lo que a Dios rogando y con el mazo dando". Tenaz debió ser Francisco de Borja Araoz, ya que al año de escribir su carta, la pareja se casaba solemnemente en la catedral de Santiago, el año 1768.
Damiana de la Carrera fue excepcional representante de su raza; cabeza del numeroso grupo familiar de los Carrera, dirigió desde su casa de la calle de las Monjitas que heredó de su padre-- las relaciones de hermanos y sobrinos. De los hermanos, su más próximo fue Ignacio, vocal de la Junta de 1810 y las estadas en San Ignacio de Quilicura o San Miguel del Monte fueron constantes para los hijos de ambos, los Araoz Carrera y los Carrera Verdugo.
Dirigía el grupo de los primos Manuel Antonio Araoz, algunos años mayor que Juan José, José Miguel y Luis Carrera; de la misma edad eran en cambio las primas Dolores Araoz y Javiera Carrera.
Doña Damiana ha quedado consignada en las memorias de historiadores y cronistas como una de las más destacadas representantes de la "ilustración femenina de Chile, siendo la más caracterizada asidua al salón de doña Luisa de Esterripa, esposa del Gobernador Muñoz de Guzmán e iniciadora de las primeras tertulias cortesanas donde ingenio, cultura y belleza se reunieron por primera vez en Santiago". Cantada como "la bella marfisa" por don Juan Egáña, la esterrípa trajo al modesto medio colonial la inusitada vida social europea de fines del siglo XVIII. Comedias, danzas, paseos y cabalgatas, literatura y juegos de ingenio deslumbraron a la generación de chilenos que adherirían luego a la causa de la independencia. Egaña, Manuel de Salas, los arquitectos Goycolea y Argüelles, don Ignacio Andía, el canónico Joaquín Larraín, Ignacio de la Carrera, Manuel Manzo y su suegro el mayorazgo José Antonio Rojas, entre otros, eran asiduos a la cuadra del Palacio de la Plaza, donde la gobernadora Esterripa reunía las más hermosas e ingeniosas señoras de la sociedad criolla, descollando entre ellas Damiana de la Carrera y su hermana política, Pabla Verdugo; doña Carmen Lastra de Cotapos; las hermanas Mercedes y Ana Joséfa Guzmán; doña Mariana de Toro ,madre de los Aldunate y los Gamero-- y la célebre Juana Micheo, a la que Vicuña Mackenna y Zapiola recuerdan como la máxima expresión del refinamiento colonial.
Las casas de San Ignacio acogieron en múltiples ocasiones este círculo de la "ilustración" chilena, y fueron paradero obligado de los visitantes ilustres, llegados a la ciudad por el camino de Mendoza. Memorable fue la detención que en ellas hizo, en 1799, el Gobernador Joaquín del Pino, en su recorrido desde Chacabuco hasta el Palacio de la Plaza. Entre estas casas de San Ignacio y el solar ancestral de los Carrera, en la calle de las Monjitas entre Clara(Mac-lver) y San Antonio, acera norte, transcurrió la existencia de la noble matrona Damiana de la Carrera, fallecida en 1832, después de haber sido testigo de la expulsión de los jesuitas, del poderío y caída de sus sobrinos Carrera y del advenimiento de la república portaliana. REALISTAS Y PATRIOTAS Dos hijos quedaron del matrimonio del capitán Araoz y Damiana Carrera, don Manuel Antonio, mayor, y Dolores, ambos criados en los amplios comedores y huertos de las casas de Quilicura.
Manuel Antonio Araoz Carrera; abrazó tempranamente la causa de la independencia, y asistió al Cabildo Abierto, de 1810, por el bando juntista. Dos años más tarde fue designado uno de los seis senadores del primer Congreso Nacional.
Cuando el fusilamiento de sus primos Carrera, a quienes lo unió profunda amistad, hizo pública protesta de ese crimen en la Plaza de Armas de Santiago, en valiente y dramático discurso que conmovió a toda la ciudad. Tuvo posterior figuración como diputado a las asambleas de 1824, 1828 y 1829; fue padre de los Arroz Baeza. Su hermana Dolores Araoz Carrera fue quien heredó San Ignacio de Quilicura a la muerte de su madre.
Estaba casada desde las vísperas de la independencia con el comerciante don Manuel Antonio de Figueroa, síndico del Tribunal del Consulado de Santiago y asistente al cabildo de 1810 por el bando realista.
El padre de don Manuel Antonio fue el coronel don Tomás de Figueroa, hidalgo nacido en Estepona, Extremadura, cuya novelesca vida y trágico fallecimiento han sido relatados por Benjamín Vicuña Mackenna.
Don Tomás, residente en Concepción, hizo de la casa de Monjitas y de las de San Ignacio su hogar durante las visitas a Santiago; de la primera de éstas salió en la madrugada del 1° de Abril de 1811, día conocido en las páginas de nuestra historia como el Motín de Figueroa.
Había sido don Tomás, guardia de Corps del rey en Madrid, siendo deportado al lejano presidio de Valdivia, al parecer, por líos de faldas con una importante dama de la corte.
En Valdivia capitaneó, en 1791, la expedición a los llanos de río Bueno contra los indios y trasladado a Talcahuano, protagonizó la audaz captura de una fragata inglesa frente a ese puerto en 1806. Comandante del batallón fijo de Concepción, vino a Santiago con su regimiento y a la cabeza de éste, saliendo del cuartel de San Pablo, el 1° de Abril de 1811, se dirigió a la plaza de Armas vivando al rey y pidiendo la reposición del Gobernador García Carrasco. En su recorrido, fue saludando gallardamente a las damas que se asomaron a portadas y balcones.
Frente al edificio de la Real Audiencia, y luego de una breve lucha entre los amotinados realistas y la tropa comandada por Vial y Benavente, se dispersó la gente del coronel Figueroa, refugiándose éste en la cercana iglesiade Santo Domingo. Por orden de Martínez de Rozas se violó su asilo apresándosele, y tras breve juicio fue sentenciado a muerte en la madrugada del día siguiente. Al leer su sentencia expresó: "Rindo mi vida a la fuerza, no a sentencia emanada de una autoridad legítima..."
El hogar de Figueroa Araoz quedó dramáticamente dividido entre patriotas y realistas; fieles unos a su sangre Carrera, los otros, sin olvidar el fusilamiento del coronel Figueroa.
San Ignacio de Quilicura fue testigo de las visicitudes de la Independencia; el éxodo de las figuras de la Patria Vieja luego del desastre de Rancagua, pasó frente a sus puertas en ruta hacia Mendoza. En la gloriosa jornada de Chacabuco el ejército de los Andes en su marcha victoriosa hacia Santiago, cuenta la tradición, se detuvo en su capilla para dar acción de gracias por el triunfo obtenido. LA TRISTE HISTORIA DEL NIIÑO
JOSE RAIMUNDO JUAN NEPOMUCENO DE FIGUEROA


Durante la Reconquista, don Manuel Antonio de Figueroa reivindicó el nombre de su padre y pasó a ocupar un puesto de confianza junto al gobernador Marcó del Pont.
Fue en este período que su esposa Dolores Araoz dió a luz a los niños José Ráimundo y Francisco de Paula, los que crecieron en las casas de Quilicura, como lo hicieran antes su madre y tíos.
Raimundo, el mayor, escribe una melancólica página en la historia de San Ignacio.
De seis años, su padre lo llevó por compañero en un viaje a la Corte de Madrid que emprendió por encargo del Gobernador en 1817, llevando importantes despachos de gobierno, Embarcados padre e hijo en el bergantín Aguila que zarpó de Valparaíso, falleció sorpresivamente don Manuel Antonio en alta mar.
El niño José Raimundo, atribulado por esta pérdida, muerto de pena al llegar El Aguila a tierra firme en Panamá, siendo inútiles los desvelos y esfuerzos de sus criados y acompañantes por devolver su alegría.
Poco tiempo antes, quizá si en la "cuadra" de la casa de calle Monjitas, el pintor limeño José Gil de Castro hizo un fiel retrato del niño José Raimundo; que "a su petición lo retrató con el libro en la mano y la pelota en la otra". La infantil imágen de Raimundo de Figueroa y sus juguetes favoritos es el más poético de los retratos que realizará en Chile el Mulato Gil. DISTINGUIDOS SERVIDORES DE LA REPUBLICA

Quedó como único heredero de Araoz y Figueroa el joven Francisco de Paula, educado por la solícita atención de su madre y su abuela en la casa ancestral de los Carrera, calle de las Monjitas.
Francisco de Paula Figueroa llegó a ser diputado en las presidencias de Pérez y Errázuriz Zañartu; agricultor distinguido, convirtió sus tierras de Quilicura en una productiva hacienda. Fue amigo y colaborador de Benjamín Vicuña Mackenal quien le dedicó varias de sus obras, aficionado a las letras, sus escritos se distinguieron en la prensa de su tiempo llegando a fundar él mismo un diario, El Independiente.
Con su mujer, Rosalía Larraín Echeverría, hicieron de San Ignacio una casa acogedora y magnífica, reparando con lujo la capilla que todavía se conserva, inaugurada solemnemente por el Arzobispo Valdivieso en 1852.
Doña Rosalía, según un articulista de la época "a los méritos de su alta alcurnia,unió revelantes dotes de virtud, talento y belleza". Ella aportó a San Ignacio de Quilicura el nombre de otro personaje ilustre, don Joaquín de Echeverría, su abuelo, Ministro del Interior durante la administración O'Higgins.
Sin lugar a dudas, fue la generación siguiente la que escribió la más brillante página de los poseedores de San Ignacio, con los nombres de Joaquín, Javier Angel y Emiliano Figueroa Larraín y el de su hermano político Enrique Matta Vial.
Don Javier Angel Figueroa se recibió de abogado en 1882. LLegó a ser Diputado varias veces reelecto; Senador por Santiago; Ministro del Interior, de Guerra y de Instrucción Pública; candidato a la Presidencia de la República en 1915; Consejero de Estado y Presidente de la Corte Suprema.
Don Joaquín Figueroa, abogado en 1886 ocupó las carteras de Industria, Hácienda y Relaciones Exteriores; Senadorporvarios períodos de Valparaíso; Fundador y director de varias instituciones de beneficencia, como el Patronato Nacional de la Infancia, el hospital de San Luis y la Junta de Beneficencia; fundó en 1911 el Museo Histórico Nacional, del que fue su Director y al cual legó sus valiosas colecciones de objetos y documentos de la Historia de Chile.
Don Emiliano Figueroa fue también abogado, titulado en 1889, diputado y vicepresidente de la Cámara; Ministro de Justicia e Instrucción Pública, Vicepresidente de la República en 1910, presidió la festividades del Centenario; Ministro plenipotenciario en España y Argentina; Ministro en el Perú logró el acuerdo de 1929 entre ambas naciones; Presidente de la República en 1924.
Por último, don Enrique Matta Vial, esposo de doña Leonor Figueroa, se recibió también de abogado en 1889. Fue un destacado periodista, historiador y recopilador de la historia nacional; editor de la Revista de Chile y de La Revista Nueva; fundó la Revista Chilena y la Revista Sociedad Chilena de Historia y Geografía.
Fueron estos últimos poseedores de San Ignacio de Quilicura dignos descendientes de su primer propietario, el hidalgo oñacino don Juan Antonio de Araoz, de la casa de Loyola. EL PAGO DE CHILE

El único testimonio material de esta larga y brillante sucesión de propietarios de San Ignacio es la ruinosa casa que se alza a un costado delcamino internacional a la Argentina.
Casa que no necesita más méritos que los de su arquitectura para incluirla entre los más destacados ejemplos de nuestro patrimonio monumental.
Construida durante la segunda mitad del siglo XVIII con certeza podríamos situarla en las décadas de 1780- 1900 ocupó un emplazamiento privilegiado a orillas del valle, situación que sigue llamando hoy día la atención del viajero que transita por la "Ruta de los Libertadores". Construcción típica de las postrimerías coloniales, con corredores perimetrales en tomo a patios interiores y enfrentados a un buen plantado parque, se distingue por la fineza de sus proporciones y carpintería; adosada a la casa la amplia capilla con portada neoclásica que conserva aún su esbelta torre de alerce y su retablo original, perdido hace pocos años su piso de marmol blanco y gris.
Documento precioso de nuestra arquitectura colonial son las gruesas columnas de adobe y ladrillo que marcan el acceso al parque dibujadas por Auguste Borget hacia 1830, único ejemplo existente de una tipología usada en grandes residencias rurales o semi rurales de fines de la colonia.
Cabe preguntarse si este notable ejemplo de arquitectura chilena, al que se une la historia de sus ilustres poseedores, se conservará para orgullo nuestro y de las futuras generaciones.

Propiedad hasta hace poco de CORA, dio seguridades en cuanto a la preservación y destino de ciertas casas monumentales, entre las que ésta se contaba.
San Ignacio de Quilicura es un monumento nacional inmediato a la capital de la República, junto a un camino internacional que da cuenta al extranjero de nuestra imagen y cultura. ¿Recibirá, como la ya larga lista de monumentos históricos desaparecidos el pago de Chile?


Hemán Rodriguez Villegas
Arquitecto
Profesor de la Escuela de Arquitectura U.C.

(Colaboración de la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile).

NOTA: Artículo publicado en el diario El Mercurio

Sábado 20 de Septiembre de 1980.

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